La oración de Jesús

Resumen

Escucha en este podcast de nueve minutos, un resumen del tercer texto de los Apuntes sobre la oración: “La oración de Jesús”.

La oración de Jesús

La oración de Jesús recorre todo el Nuevo Testamento. Cada una de sus acciones, de los momentos decisivos de su vida, de sus decisiones, van precedidas de una oración constante, filial, confiada, segura. De la elección de los Doce, a la soledad del huerto de Getsemaní, de la resurrección de Lázaro al encuentro con quien la tradición ha llamado el buen ladrón, el primero que reconoció y acogió la salvación que colgaba en la cruz de al lado.

Esos acontecimientos narrados en el Nuevo Testamento son puestos en contexto por Juan López Vergara, el autor de este tercer texto con los Apuntes sobre la oración que ponen en el centro la oración de Jesús. A partir del contexto en que se sitúa el acontecimiento de la vida de Jesús y del texto evangélico, en cada pequeño capítulo se escucha la oración de Jesús en primera persona. Estos tres elementos, el contexto, el texto y la oración de Jesús, configuran la estructura de una veintena de pequeñas meditaciones que sirven al lector para ser testigo de la conversación amorosa de Jesús con su Abba, con su padre, y para aprender de ella: sirven para rezar y para aprender a rezar.

El comienzo de la misión

Los primeros acontecimientos reflejados señalan los comienzos de la vida pública de Jesús: su bautismo en el Jordán, las tentaciones en el desierto, la proclamación en la sinagoga de Cafarnaum y el milagro de las bodas de Caná.

Después de treinta años transcurridos en el silencio y el alejamiento de un oscuro pueblo de Galilea, Jesús se adentra en el desierto y escucha al Bautista, testigo de la verdad, que bautiza en el Jordán. Esta experiencia única de la paternidad de Dios, a quien llama: Abba (que en su lengua natal aramea significa: Papá), lo va a marcar para siempre, transformando su vida.

Jesús es colmado por la unción del Espíritu. Y es una comunicación que va más allá de las vivencias ordinarias con su Padre, quien dialoga con él descubriéndole el maravilloso misterio de su filiación única. A partir de esto, el tiempo de Jesús quedó inaugurado con la fuerza del Espíritu enseñando en sus sinagogas. Él es el maestro.

En su aldea de Nazaret, donde fue concebido, en su modesta sinagoga y en la liturgia del sábado, comenzó su predicación, con la certeza de que la Escritura contiene la Palabra de Dios. Jesús inclinó su cabeza al recibir el rollo del profeta Isaías y encontró un pasaje, en el cual vislumbró el que sería el programa de su vida. Es el gran anuncio kerigmático que entraña el cumplimiento de la profecía. Jesús se presentó ungido por el Espíritu del Señor, como el heraldo de la Buena Noticia, enviado a sembrar libertad, luz y gracia.

El mensaje en la misión

Entre las casas, las plazas, las calles llenas, Jesús venía pensando cómo su existencia se había entretejido con los hilos de los apegos y los desprendimientos. Se retira en busca de soledad que es, en él un deseo profundo y constante que lo habitaba: era imprescindible estar con su Abba. ¡Su oración era incesante e incansable! Sus padres le enseñaron a crecer con serenidad y confianza, a buscar a Dios en su propia existencia, a abandonarse en sus manos. En el momento de dormirse se quedaba tranquilo como un niño en brazos de su madre.

En un momento dado, como pidiendo un compromiso mayor, Jesús, maestro infatigable, se mueve en medio del pueblo y los conmina a tomar una decisión a favor de él: “El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí” (Mt 10,37). A pesar de su cercanía, a la amistad que tienen con él, su autoridad sorprende: El seguimiento exige decidirse por Jesús. Y sus discípulos no saben qué pensar.

Este anuncio tendría resonancias significativas en algunos seguidores, quienes aturdidos decidirían abandonarlo. No piensen que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada.

La misión de Jesús por su tierra galilea se caracteriza por sus continuos desplazamientos por ciudades y aldeas, anunciando el reinado de Dios y acompañado por el círculo más íntimo de sus discípulos y un buen grupo de mujeres. La impresión que causaron sus encuentros con Dios, a quien invocaba como su Abba, fue enorme. Jesús de Nazaret predica al Dios de Abrahán, Isaac y Jacob. Un Dios de vivos con el que mantiene una relación viva. ¡Con cuánta intensidad destacaba su bondadosa y misericordiosa paternidad!

Ciertamente, del corazón del hombre venido de Dios emanaba un manantial de misericordia para cada uno de sus hermanos, dando vida al nombre que le puso Dios por boca del ángel. Él solía permanecer en oración desde medianoche hasta el alba, convencido que sabe bien vivir, quien sabe bien orar. Su mensaje era inseparable de su persona. Ha revelado el ser de Dios con sus propios modos de actuar.

Un día fue importante para todos, también para nosotros hoy. Fue el día en que uno de sus discípulos le pidió que les enseñara a orar como había hecho ya aquel, a quien Jesús había llamado el hombre más grande entre los nacidos de mujer. Jesús contestó con brevedad y precisión, entregándole a él y a nosotros el Padrenuestro, la oración en la que pedimos lo que de verdad necesitamos, aunque muchas veces no nos damos cuenta.

Jesús abrazaba en su alma el misterio de su filiación divina. Este misterio no suprimió los condicionantes de su humanidad. Al igual que nosotros tuvo necesidad, por siempre, de amar y ser amado. No dejó de crecer un solo día de su vida en sabiduría y en gracia ante Dios y ante los hombres. En el bautismo fue agraciado al saberse el Hijo Amado, en quien su Padre tenía sus complacencias, al recibir en su humanidad la plenitud del Espíritu.

Pero su palabra y su misión no siempre es bien acogida. Jesús se sentía acosado por aquellos que se tenían por justos. Y decidido a hacerlos reflexionar, dio vida a una parábola, reveladora del corazón de Dios, con la cual se defendió respetuosamente: el hijo pródigo. Dios es un Padre que siempre espera, que siempre ama, que siempre acoge al resentido y recoge al caído. ¡La parábola más hermosa imaginada! Fue una experiencia única, que abrió camino a una nueva conciencia del Padre, que a los excluidos atraía y fascinaba.

Esta había brotado en esa relación con Dios a quien llamaba: Abba. Semejante imagen revela un conocimiento perfecto del amor de su Abba, de su misterio, que condensa todo: Dios es amor. Jesús describe el fundamento de la dignidad de todo ser humano: su filiación divina. Él siempre mira a la causa de las causas: el amor de su Abba, que nos creó por amor y para amar.

El comienzo del fin

La oración de Jesús se afila cuando llega la dificultad, la sospecha, la persecución. Cuando llega el momento de la Cruz.

Jesús se paseaba por el pórtico de Salomón, en la fiesta de la Dedicación. Se sintió confrontado en medio de una tempestad que preludiaba su pasión, rodeado por un grupo de hermanos judíos que querían que les dijera si era el Mesías. Él replicó a quienes le sometían a semejante interrogatorio, recordándoles que ya se los había dicho, pero no creían en las obras que realizaba.

En Getsemaní tiene lugar un acontecimiento aterrador. Jesús, el profeta de Nazaret, ungido por Dios con el Espíritu Santo y poder, el evangelizador que proclama la venida del Reino, el maestro lleno de sabiduría y autoridad, amigo de los marginados, publicanos y pecadores, el exorcista, el taumaturgo que tiene dominio sobre la naturaleza, la enfermedad y hasta la muerte, ha caído en tierra y vuelto a caer, agarrotado por el miedo. En ese contexto de densidad infinita, muestra su confianza en el amor y en el poder del Padre, al que invoca como Abba.

Su oración se convierte en súplica, y acaba en abandono sin reservas, en aceptación incondicionada.

Y llega la cruz. Jesús, quien pasó haciendo el bien, de cuya mirada brotaban ríos de compasión al curar a todos los oprimidos por el diablo, está en la cruz ultrajado, sufriendo lo indecible, con su barba cubierta de salivazos. Las autoridades le desafiaban para que, si era el Mesías de Dios, y a otros había salvado, se salvara a sí mismo. Los soldados le increparon con igual argumento: sálvate a ti mismo. Lo mismo uno de los malhechores que lo acompañaban en el martirio de la cruz.

Otro de los crucificados se apiadó de Jesús y lo defendió, respondiéndole que ni siquiera temía a Dios, estando en el mismo suplicio. Se dieron cita la dureza y la compasión. Esta apareció en un inesperado rincón: el corazón del buen malhechor. Y Jesús, mirándole, quiso volverse a su Abba para pedirle el Paraíso para quien tuvo compasión de Él.

Todo está consumado. Un sordo gemido sufriente emanaba de su frágil cuerpo exhausto y apaleado. Y a pesar de todo no murió la bondad que lo identificaba, palpitando en el fondo de su ser, al realizar el acto supremo de caridad: dar su vida. Su corazón, ciertamente, se detuvo, pero nunca dejó de amar.

Acompañar a Jesús en su oración es aprender a rezar. Aprender a confiar. Aprender a hacer la voluntad de quien quiere lo mejor para nosotros.

Jesús con su oración es maestro de oración.