Orar con los salmos

Resumen

Escucha en este podcast de nueve minutos, un resumen del segundo texto de los Apuntes sobre la oración: “Orar con los salmos”.

Orar con los salmos

La oración es un poco como el oxígeno que hace respirar el alma y precede y acompaña a toda la experiencia religiosa. Dentro de los muy diversos modos de oración, los salmos son por excelencia la oración de Israel y de la Iglesia e implican a todas las criaturas en la alabanza a Dios, desde los propios animales hasta las estrellas del cielo.

En la oración aparecen casi dos regiones de colores antitéticos. En la primera de ellas aparece lo luminoso, lo festivo, lo cálido y armonioso. La síntesis ideal de esta región está en el aleluya, que en hebreo significa “alabad al Señor” y se convierte en acción de gracias por su salvación, siendo así un anhelo del alma.

Hay también otra región de la oración en la que hay que aventurarse y es aquella más fría, marcada por el dolor, por las lágrimas, por el silencio vacío de un Dios que parece ausente, al que, sin embargo, se grita.

Ambas regiones se encuentran en los salmos que van de la bendición al dolor, de la alabanza a la súplica, de la alegría al llanto. Todos los que oran, sea cual sea su situación, el estado de su corazón, el deseo que anhelan, encuentran en los salmos una palabra oportuna que refleja el estado de su alma.

Los salmos, la oración secular del Pueblo de Dios

Aunque los salmos fueron colocados por la tradición bajo el patrocinio del rey David, son expresión de la fe secular del pueblo de Dios en diversos periodos de su historia. Son poemas llenos del lenguaje colorista y exótico de oriente, cargados de símbolos y vinculados a formas literarias propias. Las imágenes que se usan en los salmos se elevan hasta los cielos donde se alza el Señor, o descienden hasta el abismo, la tierra de los muertos, el inframundo.

Y son poemas para ser cantados y acompañados musicalmente en la liturgia, son oraciones corales para ser interpretadas. Pero son también expresiones del corazón que ponen ante Dios la realidad profunda que el que ora está viviendo. Los salmos se apoyan en la existencia humana, sobre el luto y las fiestas, sobre la política y los avances íntimos. Estos textos que abarcan casi mil años de la historia de Israel, no son solo un modelo de oración, sino también de vida.

Los salmos son, por tanto, el espejo de quien busca a Dios con corazón sincero dentro de su historia. Los itinerarios que ofrecen para la oración están vinculados al camino humano, a nuestras horas y a esos tramos de la historia humana que debemos recorrer y en los que podemos descubrir la presencia de Dios.

El arcoíris de la oración

El poeta francés Paul Claudel (pol clodel) se refería a los salmos como un arcoíris de problemas, alegrías, esperanzas, tristezas, amarguras y múltiples estados de ánimo.

En los salmos domina el color del sufrimiento, pues casi un tercio de los salmos está bajo el signo del lamento y del dolor. A veces se trata de enfermedades graves, tragedias nacionales o enemigos implacables; otras veces es la crisis de fe por la injusticia o el dolor inocente. Sin embargo, en el trasfondo está la certeza de que Dios, que parece mudo y distante, interviene finalmente concediendo la súplica.

Otro color del salterio es el que atraviesa una luminosa corriente de esperanza y confianza que brota de la fe en Dios: roca estable sobre la que se puede construir con base firme. La imagen del buen pastor que protege y defiende al rebaño y le conduce a verdes pastos es expresión de la serenidad y la paz que produce la confianza en Dios. Esta esperanza no es sólo para la prueba o la dificultad, sino para la existencia entera.

Esta confianza anima y hace posible también la acción de gracias comunitaria y personal que constituye la base de una serie de salmos y que da paso a una oración de adoración y entusiasmo hacia Dios. No tienen una motivación concreta estos himnos de alabanza, no se hace referencia a un don precioso que se ha recibido. Se da gracias a Dios y se le alaba por el simple hecho de que está presente.

Otras composiciones celebran la presencia de Dios en la historia que conduce hacia el reino definitivo instaurado por su Cristo: son los himnos del Reino de Dios en los que el Señor es el rey que viene y salva.

Su lugar en la liturgia, pero no solo en ella

La oración con los salmos fluye también hoy en la liturgia y encuentra en ella su expresión más profunda. El halo de la alianza y de la nación santa rodea a todo orante que eleva su voz al Señor con los salmos. Al mismo tiempo, el culto no debe ser una coartada para eludir los compromisos de fidelidad interior y social, de espiritualidad y de solidaridad. No basta cuando falta la justicia hacia el prójimo.

En la oración sálmica se ilumina también la experiencia social que vive el creyente, manteniendo su autonomía, su realidad y sus características específicas. Es el momento de la sabiduría, una cualidad humana que abarca todos los ámbitos de la educación: cuestiones sociales, éticas, filosóficas.

Son los llamados salmos sapienciales que implican la experiencia humana, el reflejo de la propia inteligencia, pensamientos que ayudan a comprender mejor la realidad, a sondear ciertas cuestiones de la existencia comunitaria y de los asuntos personales.

Los salmos, palabra de Dios y de la humanidad

Uno se sorprende a primera vista de que haya un libro de oraciones en la Biblia. ¿Acaso no es la Biblia toda Palabra de Dios dirigida a nosotros? Si las oraciones son palabras humanas ¿cómo pueden encontrarse en la Biblia? En realidad, si la Biblia contiene un libro de oraciones es porque Dios no sólo quiere dirigirnos su Palabra, sino que también nos dice lo que quiere oír de nosotros. Así se expresaba el teólogo martirizado por el nazismo Dietrich Bonhoeffer (Dietrich bonjofer).

Efectivamente, la revelación bíblica habla de una relación: la Palabra de Dios se entrelaza también con la palabra humana. Por tanto, es natural que los salmos sean una manifestación de este abrazo entre Dios y el que ora, una relación que es de amor y de fidelidad.

De manera especial, esta relación se hace visible con el símbolo de la luz. Dios es la luz que alumbra las tinieblas, la lámpara para nuestros pasos, la luz en el sendero.

En esa relación entre Dios y los hombres se interpone una tercera presencia, una figura negativa que perturba la armonía entre Dios y su criatura. Es el enemigo, en lenguaje bíblico. A veces se refiere a un enemigo personal o una persona poderosa, otras veces es una personificación concreta del mal, la enfermedad, la infelicidad. Otras expresiones más desconcertantes del enemigo son por un lado el silencio de Dios, que atraviesa salmos llenos de dolor, y por otro lado el pecado que radica en el corazón humano y se manifiesta para impedir la relación con Dios.

En conclusión, los salmos son una oración que implica a Dios y a la humanidad, a la eternidad y a los acontecimientos cotidianos. Son una invitación a caminar a la luz de la palabra divina, son una súplica para ser salvados del mal fuera y dentro de nosotros, son una decisión profunda para enderezar la propia vida.

La oración de los salmos nos ayuda a buscar este futuro no proyectándolo desde la realidad hacia sueños o fantasías de evasión, sino comprometiéndonos cada día en nuestro itinerario terrestre que tiene un destino definitivo en el encuentro con Dios.