Orar hoy, un desafío a superar

Resumen

Escucha en este podcast de quince minutos, un resumen del primer texto de los Apuntes sobre la oración: “Orar hoy, un desafío a superar”.

Orar hoy, un desafío a superar

El escritor ruso Aleksandr Solzhenitsyn narraba, casi en primera persona, Un día en la vida de Iván Denisóvich. Nos da a conocer una de las 3 653 jornadas que Iván Denisóvich transcurrió en el campo de concentración, resaltando que para el pobre prisionero se trataba de un «precioso día, casi feliz».

Los trabajos forzados, el ser contado y vuelto a contar como si fuera ganado, llevan a la aniquilación espiritual del hombre, a la descomposición de su sentido moral volviéndolo malo, cruel, despiadado y egoísta hasta el punto de que «el peor enemigo del pri sionero es él mismo». Una pequeña llama brilla y da esperanza: es la fe de quien es prisionero por haberla custodiado, defendido y propagado; la fe del joven Aljoska, el cual «mira el sol y se alegra» y «tiene la sonrisa en los labios» a pesar de todo.

Él ha conseguido llevar consigo a ese infierno el libro del Nuevo Testamento: los evangelios y las epístolas de los apóstoles. Hasta ahora ha podido salvarlo de las continuas redadas y es feliz. Cada noche, a la tenue luz de la lámpara que se queda encendida en el frío barracón, lee y reza. Iván lo escucha, ya que su cama está justo encima de la suya.

La maldad es el verdadero mal del hombre: liberarse de ella es sin duda obra suya; pero le es imposible sin la ayuda de Dios: este es el gran motivo de la necesidad de la oración del hombre. Y donde quiera que estemos hemos de hacer nuestra la oración de Iván: «Señor, ¡quítanos del corazón la espuma de la maldad!»

1. Sta. Teresa de Lisieux

Santa Teresa de Lisieux (1873-1897) expresó bien el secreto de la fecundidad de la oración que hoy muchos ya no entienden. La oración es la palanca que apoyada en Dios es capaz de mover el mundo. Esa oración inflama con un fuego de amor a los santos. Teresa nos confía una verdad de un valor incalculable: ¡los verdaderos «apóstoles» son los santos! Y, ante todo, ¡son apóstoles porque rezan!

Para tener santos, necesitamos personas de una auténtica oración; y la auténtica oración es la que inflama con un fuego de amor: solo así es posible levantar el mundo y acercarlo al corazón de Dios. Ella había tenido su primera experiencia de la eficacia de la oración cuando, con catorce años, pidió la conversión de un hombre que había sido condenado a muerte por un triple asesinato. Cuando se enteró de la noticia de la condena a muerte de Enrico Pranzini comenzó una oración ferviente, involucrando a su hermana Celina en la misma tarea. Al día siguiente de la ejecución, leyó que el reo cuando estaba a punto de meter su cabeza en el lúgubre agujero, sobrecogido por una inspiración repentina, dio media vuelta, cogió un Crucifijo que le presentaba el sacerdote, ¡y besó por tres veces sus llagas sagradas!

Si creyéramos en la eficacia de la oración, nos pasaríamos mucho tiempo de rodillas. ¡Y el mundo cambiaría de dirección!

El hombre no puede realizarse sin oración, decía David Maria Turoldo (1916-1992): “Yo creo que el hombre no puede realizarse sin el silencio ni la oración. Lo que más falta en este tiempo nuestro, en esta civilización, es el espíritu de oración. Esta sería la verdadera revolución: ¿el mundo no reza? Yo rezo. ¿El mundo no guarda si- lencio? Yo guardo silencio. Y me pongo a la escucha. ¡Sí, es necesario volver a orar! Solo la oración deja espacio a Dios en nuestra vida y en la historia del mundo: y con Dios todo es posible.

 Teresa de Calcuta también decía que sin Dios somos demasiado pobres para poder ayudar a los pobres. Preguntó a un sacerdote joven, cuántas horas rezaba y cuando le contestó, le dijo: «¡No es suficiente! ¡La relación con Jesús es una relación de amor! Y en el amor uno no puede limitarse al deber. Haces bien en celebrar la misa cada día y en rezar el rosario y el breviario: ¡es tu deber! Pero tienes que añadir un poco de tiempo de adoración delante de la Eucaristía, ¡en un tú a tú con Jesús!». Y añadió: ¡sin Dios somos demasiado pobres para poder ayudar a los pobres!».


2. Señor, ¡Enséñanos a orar!

No se puede vivir sin oración. En la Biblia se afirma claramente la necesidad de la oración, ¡de la verdadera oración! De hecho, el mismo Jesús rezaba. Este argumento basta para estar a favor de la oración porque para todo discípulo, el comportamiento de Jesús es una norma absoluta de vida. ¡De hecho, Jesús es el Maestro! Y en él se ve que la oración ha sido literalmente el centro de la vida de Jesús: la oración era su respiración, su horizonte de referencia, la fuente de sus acciones y de sus palabras.

El evangelista Marcos anota: «Se levantó de madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se marchó a un lugar solitario y allí se puso a orar» (Mc 1,35). Debía de ser un gesto tan habitual de Jesús que se quedó profundamente impreso en la memoria de los apóstoles: estos, después de la Ascensión, no podían acordarse de su Maestro y Señor sin recordar al mismo tiempo su oración.

San Lucas, un escritor capaz casi de pintar los gestos de la vida de Jesús, subraya un aspecto de gran importancia: Jesús, antes de tomar la decisión de llamar a los apóstoles, ¡pasó una noche entera en oración! El evangelista relata este hecho porque es una extraordinaria lección de vida: «En aquellos días, Jesús salió al monte a orar y pasó la noche orando a Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, escogió de entre ellos a doce, a los que también nombró apóstoles» (Lc 6,12-13).

¿No tendría que hacer lo mismo cada discípulo? ¿No debería el discípulo tener sus ojos mirando siempre al Maestro para entender cada latido, cada matiz, cada pos- tura en su vida? ¿Cuánto se ha dirigido nuestra mirada al Señor en el día de hoy? ¿Cuánto inspira su vida la nuestra?

¡No se pueden eludir estas preguntas, si queremos que Jesús sea nuestro Maestro y nosotros seamos sus discípulos!

La oración de Jesús tenía que ser al mismo tiempo transparente y misteriosa: era una santa oración en la que se veía algo hermoso, pero al mismo tiempo seguía siendo un misterio profundo. La petición de los apóstoles fue espontánea: «Jesús, haznos entrar en este hermoso misterio que se ve en tus ojos y en tu rostro. Jesús, ¡enséñanos a orar!».

Los pasos del hombre hacia la oración están marcados por estas frases de la Escritura:

  • «Señor, dame a conocer cuál es la medida de mis años, para que comprenda lo caduco que soy» (Sal 39,5)
  • «¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador!» (Lc 18,13)

Y la respuesta de Dios se ve también en la Escritura

  • Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito» (Jn 3,16)
  • «Padre, les he dado a conocer y les daré a conocer tu nombre, para que el amor que me tenías esté en ellos, y yo en ellos» (Jn 17,26)

La oración cristiana desemboca en este océano: ¡en el mismo amor de Dios! No existe oración cristiana si no se crea un contacto entre nuestra pobreza y la riqueza infinita de la caridad de Dios. Pero cuando la oración es verdadera, un río de amor entra en nuestro corazón y nos llenamos del Espíritu Santo: ¡nos llenamos del amor de Dios!


3. San Francisco de Asís

Para Francisco, nacido en 1182 en Asís, fue crucial el encuentro con Jesús crucificado en la iglesia de San Damiano, ocurrido en el otoño del año 1205, cuando tenía 23 años. Fue un encuentro con Jesús que, por primera vez, le habló al corazón y entró en su corazón y lo interpeló personalmente.

En la vida de tantos cristianos, sacerdotes, religiosas y teólogos suele faltar precisamente estos encuentros con Jesús vivo y, entonces, la vida cristiana se reduce a una costumbre aburrida. Dios está lejos y casi es insignificante: falta el clic del entusiasmo y la implicación del corazón y, por tanto, de la vida.

Pero el encuentro decisivo de Francisco con Jesús es preparado por una crisis de seguridades: muy pronto, Francisco comprende que el dinero no es la seguridad sobre la que construir la vida; luego entiende lentamente que la diversión ni el poder ni el éxito ni la gloria mundana son las seguridades sobre las cuales poder construir la vida. Los lugares llamados “de placer”; ¡son lo más miserable y triste que se puede encontrar en el mundo!

Francisco prefería la humildad a los honores y Dios —que ama a los humildes— lo juzgaba digno de los puestos más encumbrados porque el verdadero humilde será enaltecido a una gloria sublime, de la que es arrojado el soberbio. A menudo, nosotros solo hacemos actos aparentes de humildad, pero nuestro corazón sigue habitado por el orgullo.

Para Francisco, la formidable decisión de no adorarse más a sí mismo, prepara el salto hacia los brazos de Dios. Que quede bien claro algo: si el yo está en el centro, Dios siempre se quedará en la periferia. No lo olvidemos. Y cuando Dios está en la periferia, ¡tampoco es posible la fraternidad!

A este respecto podemos concluir: ¿cuál es el mensaje que deja Francisco a todos los cristianos y a todos los hombres? Es sencillo y, al mismo tiempo, formidable: Francisco nos invita a tomarnos en serio el Evangelio, a tomarnos en serio a Jesús, a tomarnos en serio el camino recorrido por Jesús porque el amor asemeja: ¡el amor genera la imitación!

¡San Francisco nos recuerda que el Evangelio se puede vivir! Ahora viene la pregunta: ¿queremos de verdad al Señor? ¿Es el Señor realmente nuestro bien y nuestro sumo bien? No respondamos con precipitación: El problema se encuentra aquí. Que la misericordia de Dios nos conceda dar el salto hacia Dios, hacia el amor de Dios, del mismo modo que hizo Francisco. Ahora nos toca a nosotros.

Nos toca a nosotros dar una respuesta de amor al infinito amor que está ante nosotros, clavado en el terreno de nuestra vida con la Cruz de Jesús crucificado por amor nuestro. La pequeña iglesia de San Damiano está dentro de cada uno de nosotros: allí Jesús nos llama por nuestro nombre y espera nuestra respuesta. Y solo podemos oír la voz de Jesús si oramos, orando de verdad, orando con humildad.


4. Madre Teresa de Calcuta

Un periodista inglés, Malcolm Muggeridge, fue a la India para hacer una película sobre la labor de las Misioneras de la Caridad. Cuando entró en el lugar en el que cuidaban a los moribundos que recogían en la calle se asombró de la fortaleza de las religiosas y preguntó a Madre Teresa: “¿Dónde encuentran la fuerza para amar? ¿Dónde encuentran la fuerza para sonreír… aquí?». Madre Teresa fue extremadamente sincera y desafió al periodista diciéndole: «Venga mañana a las seis de la mañana a la puerta de nuestro pequeño convento. Entenderá dónde encontramos la fuerza para amar y sonreír».

Al día siguiente, puntual como auténtico inglés que era, Malcolm estaba delante de la puerta del pequeño convento. Madre Teresa, también puntual, lo recibió y lo llevó a la paupérrima capilla, sin bancos para sentarse, donde un grupo de hermanas con el sari de las mujeres que no cuentan para nada en la India, estaba recogida en oración y esperaba la celebración de la santa misa. Malcolm Muggeridge participó en silencio y todo le parecía sencillo, humilde e incluso un poco misterioso y aburrido. Se preguntaba: «¿Qué hacen estas religiosas? ¿Con quién hablan? ¿Qué reciben en esa pequeña hostia? ¿Acaso es posible que todo el secreto se encuentre aquí?». Una vez terminada la santa Misa, mientras Madre Teresa estaba yendo con paso rápido hacia sus pobres, dijo al periodista: «¿Ha visto? Todo el secreto está aquí. Es Jesús que nos pone en nuestro corazón su amor y nosotras vamos sencillamente a entregarlo a los pobres que nos encontramos en nuestro camino».

En su discurso ante las Naciones Unidas señaló: «Yo soy solo una pobre monja que reza. Rezando, Jesús me llena el corazón de su amor y yo voy a donárselo a los pobres que encuentro en mi camino». Hizo un momento de silencio, que pareció una eternidad. Luego añadió: «¡Recen también ustedes! Recen y se darán cuenta de los pobres que tienen al lado. Quizá muy cerca de sus casas. Quizá incluso en sus casas existe quien espera su amor. Recen y los ojos se abrirán y el corazón se llenará de amor».

Sigamos su ejemplo: que este año dedicado a la oración despierte en cada uno de nosotros la humildad que nos hace caer de rodillas y que salga del corazón una verdadera oración.